Lo
único que estoy pidiéndome a mí mismo, lo único que he comenzado a pedirme y
aun a exigirme, es la acción; tanto la acción de este tipo —escribir
modestamente dos carillas— como la salida al mundo exterior, aunque sea caminar
dos o tres cuadras para comprar cigarrillos. Debo luchar contra las fobias y
contra la inmovilidad, la pasividad, sobre todo porque detrás de esta pasividad
se oculta una poderosa fuerza destructiva. Sería preferible que rompiera
objetos, que hiciera cualquier cosa antes que continuar en un estado insensato
de espera, durante el cual nada se va a resolver, y yo voy a seguir acumulando
frustración y rabia. La rabia ya no está dirigida hacia nadie en particular,
salvo, creo, yo mismo. Si bien las circunstancias son un cúmulo de desastres y
de situaciones desagradables, mi mala respuesta a las mismas —lenta, torpe,
insegura— sólo consigue agravar esas circunstancias y complicar aún más la
posibilidad de soluciones.
En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches. De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables: “El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc.” No, no y no. Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “ cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “ que los eunucos bufen” . El porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, q...