Lo
único que estoy pidiéndome a mí mismo, lo único que he comenzado a pedirme y
aun a exigirme, es la acción; tanto la acción de este tipo —escribir
modestamente dos carillas— como la salida al mundo exterior, aunque sea caminar
dos o tres cuadras para comprar cigarrillos. Debo luchar contra las fobias y
contra la inmovilidad, la pasividad, sobre todo porque detrás de esta pasividad
se oculta una poderosa fuerza destructiva. Sería preferible que rompiera
objetos, que hiciera cualquier cosa antes que continuar en un estado insensato
de espera, durante el cual nada se va a resolver, y yo voy a seguir acumulando
frustración y rabia. La rabia ya no está dirigida hacia nadie en particular,
salvo, creo, yo mismo. Si bien las circunstancias son un cúmulo de desastres y
de situaciones desagradables, mi mala respuesta a las mismas —lenta, torpe,
insegura— sólo consigue agravar esas circunstancias y complicar aún más la
posibilidad de soluciones.
Alberto Bonifacio Martínez
Jorge Pizarro Costa Paz se le acercó gritando maltratándolo Jorge y sus hectáres sus mil hectáreas trabajadas por las manos duras y rústicas y moradas de los peones que ven en el Sol un hermano y en la Tierra una madre. Jorge Pizarro Costa Paz gritó le gritó le dijo que se apure que sirva para algo. Alberto Bonifacio Martínez pensó que no que no y se acordó de su familia y de algo parecido al honor y sacó la escopeta la doble y lo mató. A mí no me grita nadie, patroncito.