Me dedico a eliminar,
ante todo, lugares comunes, imágenes convencionales o cristalizadas del
lenguaje. Lo que me guía a la hora de revisar lo que escribo es la idea
de que cada palabra debe ser ubicada en el lugar que la estaba esperando.
Tengo la intuición de que hay un lugar del poema que está esperando una
palabra determinada, y entonces la busco. Por otra parte, intento que el
verso, sea corto o largo, nunca pierda fluidez, así es que estoy atento a
todo aquello que pueda entorpecer esa condición. De todos modos, no
querría abundar en esta dirección porque podría dar la sensación de que
estamos hablando de una gran obra y se trata sólo de mis poemas. En
general, soy perfectamente consciente de mis errores, lo que nunca lograré
del todo es saber cómo evitarlos. (JOG)
En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches. De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables: “El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc.” No, no y no. Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “ cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “ que los eunucos bufen” . El porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, q...