Todas las religiones afirman que hay alguna clase de vida después de la muerte. Al parecer es lo que define a una religión o la distingue de filosofías o sabidurías o ascetismos. Y es una de las cosas que más me disgustan de la religión: esa negación timorata de la muerte como lo que realmente es, una aniquilación completa y definitiva. Me disgusta no sólo por la cobardía que refleja y por la frívola necedad de reemplazar un hecho clamoroso de la realidad por una ilusión sin ningún fundamento, sino por algo que encuentro mucho más grave: por excluir al hombre del orden de la naturaleza. El fenómeno histórico de la vida, al que le debemos todo, no existe sin la muerte. Pretender exceptuarnos, en razón de un privilegio tan dudoso como el espíritu o la conciencia, me parece un sacrilegio, o peor: una deslealtad con el resto de los seres vivos (y no excluyo a las moscas ni a los árboles).
Alberto Bonifacio Martínez
Jorge Pizarro Costa Paz se le acercó gritando maltratándolo Jorge y sus hectáres sus mil hectáreas trabajadas por las manos duras y rústicas y moradas de los peones que ven en el Sol un hermano y en la Tierra una madre. Jorge Pizarro Costa Paz gritó le gritó le dijo que se apure que sirva para algo. Alberto Bonifacio Martínez pensó que no que no y se acordó de su familia y de algo parecido al honor y sacó la escopeta la doble y lo mató. A mí no me grita nadie, patroncito.
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